Orgullo y prejuicio: Austen «power»

JAVIER CORTIJO. ABC

Por lo visto, oído, leído y susurrado en diversos foros, confidencias, garitos, blogs, paradas de autobús y otros apeaderos cotidianos, Jane Austen tiene un club de fans (femeninos, mayormente) más voluminoso que el de Los Pecos y Pepe, el de «Gran Hermano», juntos. Así que esta largamente anunciada adaptación «fiel y fidedigna» de su novela más carismática ha sido jaleada hasta el punto de que se han visto a «groupies» de las hermanas Bennet haciendo la ola por parques y jardines. Expectación máxima, pues, ya que la última vez que Hollywood desplegó toda su logística «made in Metro Goldwyn Mayer» (con el gran fichaje de Sir Laurence Olivier como almidonadísimo Darcy) para la literaria ocasión fue allá por 1940. Desde entonces, el austenómano se tuvo que «conformar» con enormes teleseries de cretona (cuasi mítica la de la BBC de 1980) que confirmaban la filosofía culebronera de sus páginas, o correctitas adaptaciones de otras obras de la escritora de Hampshire como «Sentido y sensibilidad», «Emma», «Mansfield Park», «Persuasión». Eso, y algunas «osadías» como una estúpida adaptación «teen» de hace un par de años perpetrada por Andrew Black y, sobre todo, la jaranera, bollywoodiense y fantástica «Bodas y prejuicios», de la angloindia Gurinder Chadha, cuyas fanfarrias y timbales no nos quitábamos de la cabeza mientras asistíamos a estos 127 minutos de amores escapadizos y regates cariocas del destino.

Porque, sí, que respiren tranqui-los/as todos/as: esta nueva adaptación del fantástico texto de Jane Austen sobre el quinteto de alegres casamenteras y los atribulados caballeros jetset que las retan y camelan, tiene menos fisuras que los San Antonio Spurs. O, lo que es lo mismo: cada encaje, cada acantilado, cada ganso y cada bruma están, más que dispuestos, perfectamente adheridos para que la decepción brille por su ausencia. Mérito de un director que se ha quitado el olor a miniserie de encima a base de barniz de tabla shakesperiana, de una guionista como Deborah Moggach muy ducha en adaptaciones de historias de amor «de pies fríos», y de un diseño de producción perfecto.

Aunque, sobre todo, mérito de un reparto excepcional donde, por destacar, sobresale el veterano «matrimonio» Blethyn & Sutherland, el «pardillo» Collins (encarnado por un Tom Hollander que nos hace olvidar a su «petersellersiano» sosias del filme de Chadha) y, como broche y descubrimiento de oro y diamantes, un portentoso Matthew Macfadyen como Darcy, que haría palidecer de envidia a más de un actor patrio con el mismo nivel de dicción que un portero de finca o hasta de fútbol. Hasta a Keira Knightley (y sus carrillos huidizos) se le contagia la gracia, la tontuna enamoradiza y el donaire, y eso que no tiene a Orlando Bloom al lado. En fin, que el texto puede echarse otra siesta de sesenta y pico años porque tiene la almohada de nuevo calentita. Lo peor, el San Valentín que le espera a más de uno.

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